Ara Solis
Está claro, que cada día el hombre se esfuerza por reinventar el pasado, porque supone un eficaz asidero en los inquietos tiempos en los que vivimos. Siempre se ha tratado de conjugar ese pasado nebuloso, como un deseo de conocer nuevas civilizaciones que colonizaron la tierra. Uno de los fenómenos que con más fuerza ha vivido en Galicia ha sido el retorno al culto celta, que no es otra cosa que volver a las muestras materiales de esa cultura y revivir las tradiciones, aunque cada nuevo siglo se colma de nuevos mitos con suma celeridad, todavía se sigue un hilo conductor. De hecho, los propios vocablos "celta" y "céltico" no empezaron a circular hasta el siglo XVII y únicamente en estudios filológicos. Es por esto, por lo que dichos redescubrimientos se vieron frenados por una discutida legitimidad.
El afán por rescatar las lenguas, leyendas y folklore celtas del olvido se debió a una necesidad de impulsar una afición por la antigüedad, por el reconocimiento de la autodefinición personal y el ejercicio, cada vez más complejo de realizar: la imaginación (característica del romanticismo europeo en el siglo de las Luces).Los celtas, al igual que muchos de nosotros hoy en día, pensamos que la imperfección del mundo es patente y que la realidad es una gran espiral que vaga eternamente en el espacio. Ellos conjugaban las tendencias vitales y para este propósito crearon una teogonía que vive en la más profunda concepción personal del universo.
En muchos casos, la falta de documentación de la época hace acrecentar el hechizo. Los druídas, por ejemplo, fueron hombres de alma inmortal. En ellos se encontraba el secreto de la vida, pero no entendida como una teosofía. Todos los santuarios o templos adscritos a los celtas datan del s. I a. C, tras la derrota de los pueblos galos a manos del César. El tiempo se ha encargado de ocultar la auténtica visión de un pueblo misterioso que buscaba el final de las tierras y deseaban inculcar una enseñanza primigenia. Sufrieron y gozaron con su existencia, pero como un suspiro, como alguien que contempla un objeto amado, añora con nostalgia el paraíso perdido. El hombre debe aceptar el reto de luchar, intentando realizar sus propios logros y ayudándose de los testimonios de los antepasados. En esta apasionada guerra no hay que olvidar nuestro objetivo: la eterna búsqueda.