Identidades y singularidades: Portugal

Este lugar, es para mí la fábrica del movimiento imprevisible, de la pasión en el café de un verdadero delirio en el punto de partida. Azulejos en azul y sepia de palacios y teatros, aroma de mar desde la distancia, en la nativa orilla. El color del fruto maduro que llena las horas del nuevo día. En las calles, se desprende el canto de un poeta perdido que busca en una ventana, un rostro. Recortes de capas negras para cantar un fado, mano a mano...el recuerdo de las escaleras de la Catedral Vieja y entre las plazas el viento que pasa trovando entre las galerías y anticuarios. En Coimbra, la dignidad del Palacio Real, los pórticos manuelinos de la capilla de San Miguel y la exhuberancia de maderas exóticas y oro de Brasil. Fados, baladas y libros, la aventura en un laberinto parado, en la ciudad de inspiración y contínuo cambio, sin olvidar la tradición bohemia. Estrechas y pedregosas calles determinan mi rumbo.

El sabor a sal, marca el espacio alquímico donde aguas dulces y saladas se encuentran entre los sedimentos transportados que alimentan el mar, en la Isla de Murraceira, donde todavía quedan algunas zonas pantanosas donde es posile ver la magia de las aves, que conocen de memoria todos los movimientos de las mareas y recuerdan el Molino de las Doce Piedras, mientras vuelan nubes sobre mi cabeza, entre recuerdos de sombrillas de colores y barcos dejados al sol y pescadores atendiendo a sus redes. Acantilados esculpidos por las manos esbeltas del mismo viento que me trajo a mí. Los secretos se escriben en la arena admirada con su línea de conchas que parece no tener fin, como el Universo. Se abigarran las velas y desembarcan naufragios de un tiempo, entre sombras que renacen en mí.

 

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